3/12/16

Fotografía de Jacob



En otoño, momento de recogerme, llega la lluvia a mi pueblo. Una lluvia esperada durante unos cuantos años, unos años en que la lluvia era un fenómeno especial, único, y poco duradero. La lluvia cae sobre el suelo, la lluvia moja la tierra que me envuelve, la lluvia limpia el lugar en el que me encuentro, la lluvia me trae paz. 
También tengo que decir que a los tres días de lluvia estoy deseando ver el sol, poder ver el contraste que crea la lluvia con el suelo mojado y el cielo azul. 
Pues en estos días mi hijo decidió hacer la foto que puedes ver junto a estas palabras. Parece ser que la herramienta de un teléfono móvil es algo que está al alcance de la mano de cualquier persona incluso de cualquier niño. No es algo que a mí me guste compartir con mi hijo, me refiero al dejarle el teléfono. No lo utilizo ni siquiera como herramienta de distracción para él. Sin embargo la dependencia que crea tener un teléfono móvil hace que mi hijo me vea constantemente con un teléfono en la mano, con lo cual es coherente que él también quiera utilizarlo. Mi decisión al respecto ha sido intentar que no me vea con el teléfono en las manos. De esta forma si evito que él vea que tengo un teléfono en las manos me lo pida. Esto no quita que cuando me lo ha cogido de forma sigilosa se lo he tenido que dejar durante un rato, provocando una frustración dolorosa al generar un límite de que ya era suficiente utilizar el teléfono.

Ese día era uno de los que mi hijo tenía el teléfono entre manos, y me di cuenta de que había accionado la aplicación de la cámara del teléfono móvil, y también un resultado sorprendente era el de que había accionado el botón de fotografía con la cámara. Y fotografía su pie y mi pie. Como verás en la foto llevamos botas para el agua. Como he dicho al principio eran días de lluvia aquí en el pueblo, con lo cual con nuestras botas de agua nos disponíamos a marchar para encontrarnos con esos charcos, riachuelos, o simplemente llenarnos de barro por entrar en un bancal o en un camino de tierra.

Y es que mezclando el agua, las botas de agua y el móvil este es el resultado que puedo mostrarte, el resultado de que un niño necesita tanto el teléfono para imitar a su madre o padre o cualquier persona que tenga alrededor con este objeto, al igual que necesita el agua de la lluvia para contemplar como cambia el cielo. 
Mi hijo se asombra al mirar en la montaña y ver que hay niebla, una niebla que se va moviendo y desapareciendo, es una niebla que se puede confundir perfectamente con el humo, sin embargo se da cuenta que no huele a quemado con lo cual descarta la posibilidad de que sea humo. Y cuando ve el cielo lleno de nubes y empieza a caer agua su cara de satisfacción de que está lloviendo no tiene precio. No se puede comparar esa cara de asombro de ver caer agua por nada que me venga a la mente, es una cara que me recuerda al placer de la contemplación. Quizá mi hijo le parece extraño que este suceso se esté dando, ya que no ha sido en los anteriores años una forma corriente de vivir en el invierno. Sin embargo este otoño, a mediados casi hacia el final, mi hijo ha disfrutado de muchos días seguidos de lluvia, ver esa agua caer del cielo, ver los charcos en el suelo, poder pisar ese agua y salpicar sin mojarse de agua. 
¡Qué goce disfrutar de la lluvia, qué goce disfrutar de pisar esos charcos!
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