9/2/26

Ecología digital: tomar conciencia también en lo invisible


Durante muchos años he sabido algo que, aunque es evidente, solemos pasar por alto: todo lo digital ocupa espacio físico. Nada de lo que hacemos en internet es etéreo, aunque así lo parezca. Cada correo, cada mensaje, cada fotografía, cada vídeo que subimos, cada copia de seguridad automática… todo eso se almacena en algún lugar real, en servidores repartidos por el mundo que consumen energía, agua, materiales y territorio.

Saber esto me removió hace tiempo. No de golpe, sino poco a poco. Como una semilla que se va abriendo dentro.

Vivimos en una cultura del “clic”. Un clic para subir.

Un clic para guardar.
Un clic para hacer una copia de seguridad.
Un clic para ampliar almacenamiento.
Y listo. Sin más preguntas.

Pero detrás de ese gesto aparentemente inocente hay infraestructuras gigantescas, centros de datos que necesitan refrigeración constante, electricidad las 24 horas del día, mantenimiento continuo. Muchos de ellos están construidos en lugares que antes eran bosques, campos o ecosistemas vivos. Y sí, generan residuos, emisiones y una huella ambiental enorme.

No lo vemos. Y precisamente por eso duele menos.

Hace años empecé, casi de forma intuitiva, a borrar mensajes. Correos antiguos. Conversaciones que ya no tenían sentido. Archivos duplicados. Fotografías borrosas. Copias innecesarias. No por miedo a que nadie leyera lo que escribo —no va por ahí—, sino por una sensación interna de incoherencia: ¿cómo puedo hablar de respeto al planeta y, al mismo tiempo, acumular sin límite en lo digital?

Sé que mi gesto es pequeño. Lo tengo claro. Pero también sé que la conciencia empieza en lo pequeño.

Aquí aparece una contradicción que no escondo: soy artista, actriz, directora de cine, escritora. Publico vídeos. Escribo artículos. Genero contenido. Y, por tanto, contribuyo al almacenamiento digital. No me sitúo en una falsa superioridad moral. Al contrario. Esta reflexión nace también desde la incomodidad.

Me siento responsable. Y a veces me siento culpable.
Pero sobre todo me siento llamada a hacer un uso más consciente.

Hace poco, en una reunión, alguien dijo algo que volvió a colocar todas las piezas en su sitio. Comentó que, en muchos casos, enviar un documento por internet a varias personas contamina más que imprimirlo. Aquello me impactó. Porque durante años nos han repetido que “lo digital es ecológico” y que “el papel es el enemigo”. Y no es tan simple.

Sí, el papel implica árboles. Sí, el proceso industrial contamina.
Pero también es cierto que el papel puede reciclarse, degradarse, volver a la tierra.
Los datos digitales, no.

Un correo almacenado durante años en múltiples bandejas de entrada, replicado en copias de seguridad, duplicado en servidores, permanece consumiendo energía de forma constante. Día y noche. Aunque nadie lo vuelva a abrir jamás.

Eso confirmó algo que yo ya estaba haciendo casi en silencio: vaciar correos, borrar archivos, no guardar por guardar. Y, sobre todo, no ampliar almacenamiento sin preguntarme antes si realmente lo necesito.

Vivimos un momento en el que quedarse sin espacio digital se ha normalizado. “No pasa nada”, nos dicen. “Amplía por dos euros al mes”. Y la mayoría paga sin pensar. Porque es barato. Porque es cómodo. Porque no se ve.

Hace poco me ocurrió algo muy concreto. El padre de mi hija me dijo que la adolescente se estaba quedando sin espacio para las copias de seguridad. Que había que ampliar el almacenamiento y pagar un par de euros al mes. Dije que sí, casi sin pensarlo. Para no discutir. Para no generar conflicto. Para no entrar en explicaciones.

Pero a los dos días algo dentro de mí se removió.
Y pensé: no quiero pagar para contribuir a este problema ambiental.
No quiero normalizarlo.
No quiero enseñarle, aunque sea indirectamente, que la solución siempre es “más espacio” en lugar de “menos acumulación”.

No se trata de prohibir ni de imponer. Se trata de educar la mirada. De revisar qué guardamos, por qué lo guardamos y para qué. De enseñar que no todo merece ser almacenado eternamente. Que borrar también es un acto de cuidado.

Soy consciente de que pago servicios digitales: música, series, películas. Y no lo digo con orgullo. Lo digo con honestidad. Me genera incomodidad. Porque sé que también forma parte del problema. Pero la conciencia no va de ser perfecta, va de reducir el impacto dentro de nuestras posibilidades reales.

La ecología digital no es renunciar a la tecnología.
Es usar la tecnología con coherencia.

Preguntarnos antes de subir otro archivo:
¿Es necesario?
¿Lo voy a usar?
¿Puedo eliminar algo antes?
¿Puedo compartirlo de otra manera?
¿Puedo reducir la calidad, la duración, el peso?

Tomar conciencia de que cada gesto cuenta. Aunque sea invisible.

No escribo esto para señalar a nadie. Lo escribo porque creo que cuidar el planeta también pasa por lo que no vemos. Porque el medio ambiente no sólo se protege reciclando envases o usando menos plástico. También se protege revisando nuestros hábitos digitales.

Quizá no podamos cambiar el sistema.
Pero sí podemos cambiar nuestra relación con él.

Y si cada una hace un poco, desde el respeto y la coherencia, quizá el impacto colectivo empiece a sentirse. Aunque no salga en titulares. Aunque no se vea. Aunque no sea inmediato.

A mí, al menos, me devuelve una sensación de alineación interna.
Y eso, hoy en día, ya es mucho.

Con amor y conciencia,
Agnès Ortega

Actriz, directora de cine, escritora, terapeuta integrativa y naturópata 

No hay comentarios: