10/3/26

El sueño que me hizo valorar la libertad: relato de una dictadura imaginada

Esta noche he tenido uno de esos sueños que te despiertan con el corazón acelerado y una sensación difícil de explicar. No era un sueño cualquiera. Era de esos que parecen tan reales que, al abrir los ojos, necesitas unos segundos para recordar en qué mundo estás.

En el sueño estábamos organizando una nueva vida. Había ilusión. Estábamos pensando en mudarnos a una casa en el campo, rodeada de naturaleza: zonas de olivos, almendros, espacios de cultivo… Un lugar bonito, abierto, casi como un proyecto compartido entre varias personas. Se respiraba una sensación de celebración, de comienzo, de esperanza.

Pero de repente todo cambió.

Alguien empezó a decir que había habido un golpe de Estado. Nadie entendía muy bien qué estaba pasando, pero sí una cosa: la libertad ya no era para todo el mundo.

Había nuevas normas. Nuevos criterios. Algunas personas podían seguir viviendo con cierta normalidad y otras no. En el sueño parecía que las personas morenas, como yo, quedábamos fuera de esa libertad. Algunas serían encarceladas, otras ejecutadas y otras, simplemente, relegadas a vivir entre quienes sí tenían derechos… pero como sirvientes, sin salario, sin voz, sin dignidad.

Yo era una de esas personas.

La casa donde estábamos mudándonos empezó a ser desalojada. Entraban hombres vestidos completamente de negro. No llevaban insignias, ni medallas, ni ningún símbolo. Solo negro. Y aun así, todos sabíamos quiénes eran. Eran los encargados de controlar aquella nueva sociedad.

Y todos les teníamos miedo.

Mis pertenencias estaban allí, mezcladas con las de los demás, porque justo estábamos en medio de la mudanza. En un acto casi instintivo de rebeldía, cogí una foto de grupo y me la escondí entre la ropa. Era una foto de un momento feliz, de cuando todo era normal.

Pero inmediatamente empezó una lucha dentro de mí:

«¿Qué estás haciendo? Si te descubren…»

Aun así, no podía dejarla.

Al final me asignaron como sirvienta en esa misma casa que había sido mía. O que estaba a punto de serlo. Ahora estaba ocupada por otras personas y yo tenía que servirles.

La sensación era durísima.

En una de las escenas del sueño estábamos en la cocina preparando comida y limpiando. Éramos varios sirvientes trabajando. Algunos empezaron a coger pequeños trozos de pan y a comerlos a escondidas.

Y yo, que tengo ese espíritu tan presente, tan de vivir el momento… por un instante olvidé la dictadura en la que estábamos viviendo.

Cogí un trocito de pan y me lo metí en la boca.

Justo en ese momento entró quien todos llamaban “el comandante”.

No sé exactamente qué rango militar representa, porque nunca he tenido demasiado interés por ese mundo. Pero en el sueño estaba claro: era alguien con poder.

Y era extremadamente estricto.

Yo tenía la boca llena de pan. La foto escondida en el pantalón. Y, para rematar, en el bolsillo llevaba un paquete de pañuelos envuelto en plástico.

Los nervios hicieron que lo tocara… y el plástico hizo ese pequeño ruido tan característico.

El comandante se detuvo.

Dijo con una voz fría que le parecía asombroso que durante una inspección se estuviera haciendo un ruido tan atroz.

Sentí que el corazón se me salía del pecho.

Y entonces decidí asumir la culpa. Pensé que si alguien tenía que pagar las consecuencias, sería yo. No mis compañeros.

Le dije:

—Discúlpeme, señor. Soy yo.

Saqué el paquete de pañuelos y expliqué que tenía mocos.

Me lo arrancó de la mano con violencia y lo tiró a la basura. No dijo nada más. En aquella sociedad ni siquiera se nos hablaba.

Antes de que entrara había escupido el pan a la pila de platos sucios para poder hablar.

Pero mientras hacía la inspección llegó hasta el fregadero y vio los trozos de pan.

Y dijo:

—Esto es inaceptable. ¿Qué ha sucedido aquí?

En ese instante pensé rápido. Si decía la verdad, me ejecutaban.

Así que respondí:

—Disculpe, mi señor. Estaba preparando el pan y torpemente se me cayó un poco al suelo. Cuando vi que usted venía lo dejé ahí y estaba a punto de recogerlo.

No contestó.

Se hizo un silencio enorme.

Yo pensaba que en cualquier momento me registraría y encontraría la foto.

Pero no.

Se giró y dijo:

—Podéis continuar con vuestras labores.

Y se fue.

El miedo que sentí fue tan intenso que me desperté.

Al abrir los ojos me invadió una sensación enorme de agradecimiento por la vida que tengo, por la libertad que vivimos y por todas las pequeñas cosas que damos por hechas cada día.

Pero también tuve un pensamiento muy claro.

Incluso si alguna vez tuviera que vivir algo así… no me quitarían las ganas de vivir.

Ni la capacidad de disfrutar un trozo de pan.

Ni de guardar una foto de un momento feliz.

Ni de seguir viviendo el presente como si cada instante fuera importante.

Porque incluso si fuera el último día, seguiría queriendo vivirlo con dignidad

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